| "Invierno Demográfico" por Lucía Santelices |
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2007-09-29 Ponencia en el Seminario de ISFEM 2007 "Persona, Riqueza de la Nación" Invierno Demográfico Por Lucía Santelices Cuevas, Profesora Titular, Facultad de Educación, Universidad Católica de Chile Pensar acerca del invierno demográfico lleva a tocar diversas facetas de la cultura en la que estamos inmersos y surge necesariamente un cuestionamiento acerca de nuestro complejo sistema social y muy particularmente cuestiona su base: la familia.
Aparecen entonces, al menos, tres interrogantes para articular estas reflexiones: 1. ¿Qué ha ocurrido con nuestras familias? 2. ¿Qué está sucediendo en nuestra sociedad? y 3. ¿Qué se visualiza para nuestro futuro?
¿Qué ha ocurrido con nuestras familias?
En el terreno de la persona, hoy asistimos a un conjunto de manifestaciones anómalas que tocan la vida en muchas familias chilenas. Aumento del alcoholismo y de la drogadicción en niñas adolescentes, postergación del matrimonio por parte de muchos jóvenes, rupturas conyugales y violencia intrafamiliar en la vida de mujeres adultas y poca profundidad y pérdida de sentido en la mujer mayor. En la base de lo anterior investigaciones que datan de la última década[1] dan cuenta de que el problema que subyace en estas realidades es entre otros, la baja auto estima y a menudo una alteración en la convivencia y procesos vividos en las familias de origen. Hoy también es posible corroborar desde la evidencia empírica que los aportes de los estudios señalados anteriormente son una realidad presente en nuestra sociedad. Muchas mujeres tienen una pobre percepción de si mismas y de su relación con los otros. Luchan por lograr una mejor calidad de vida que pasa en las nuevas generaciones por intentar aumentar su seguridad personal con más años de estudios. No obstante la educación impartida, a menudo ha olvidado que su fin es humanizar y se ha ido reduciendo a encaminar a los sujetos para insertarse en el mundo de la eficiencia y la eficacia exigida en el contexto del trabajo. También se observa una falta de comprensión de los atributos personales relacionados con el ser de la mujer y del varón, criaturas de Dios, que sumado a una actitud rebelde lleva hoy a muchos jóvenes a vivir su libertad equívocamente sin la capacidad de asociarla al bien y la verdad. Vinculado al punto anterior se observa en Chile que las madres y padres de familia no conocen cuál es su papel educativo específico[2], lo que debilita el impacto educativo que con sus conductas y comportamientos podrían potenciar en sus relaciones con sus hijas e hijos respecto del auto conocimiento y autovaloración que ellos requieren consolidar. Hoy desde estudios internacionales se señala al respecto que la madre es responsable de la formación afectivo espiritual de sus hijos e hijas en tanto del padre depende, la estimulación de la relacionalidad de los hijos e hijas[3]. Importante desafío educativo, para los espacios sociales y eclesiales. Desafío que debería iniciarse con un trabajo sistemático con los padres y madres de familia que asisten a diversas comunidades sociales y continuarse en el contexto de la educación formal, desde los jardines infantiles hasta la enseñanza media. La situación demográfica en términos de fecundidad es también preocupante porque se observa una brecha entre la maternidad deseada por las mujeres que en general aspiran a ser madres y la maternidad concreta observada en los índices nacionales de natalidad, con valores actuales que, hoy muestran tendencia a la baja y que, en un futuro pueden implicar problemas de recambio poblacional con implicancias económicas y sociales que ya se observan en países desarrollados.[4] Desde el punto de vista de la natalidad se observa en Chile una reducción de la tasa de natalidad que va de 26.8 por 1000 habitantes en 1983 a 15.6 en 2003. La reducción del número de nacidos vivos no ha sido pareja en los subgrupos de edad, observándose la misma tendencia que en la mortalidad, es decir una reducción significativa entre los 20 y 34 años. Al analizar la tasa de natalidad se observa que en el grupo de 10-14 años se ha mantenido estable en el período (con cifras de 1.3 por 1.000 habitantes) y una reducción en el grupo de 15-19 años (de 64.9 en 1990 a 50.5 en 2003). De lo anterior se puede concluir que existe un cambio en la distribución de los nacimientos por edad materna, concentrándose cada vez más en los extremos de la vida fértil de la mujer. Cambios que sin duda obedecen a comportamientos familiares que requieren urgente atención. Asociados a cambios en la distribución de los nacidos vivos, observamos una reducción importante de la tasa global de fecundidad ajustada en Chile: de 2.5 hijos por mujer entre 15 y 49 años, a 1.9. La tasa de fecundidad por edad, que pronostica la tendencia del futuro crecimiento de la población se muestra en la tabla 1. Se observa una tendencia al descenso en el grupo de 20 a 30 años.
Tabla 1. Tasas de fecundidad por edad. Chile 1983-1993-2003 La fecundidad observada en las cifras es menor a la fecundidad esperada o declarada en estudios poblacionales. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud (MINSAL, 2000)[5] en población mayor de 15 años la fecundidad deseada es de 2.76, siendo cifras cercanas a los 2 en los grupos más jóvenes y a 3 en los de mayor edad, no encontrándose diferencias por sexo. Existen datos parciales acerca de la fecundidad deseada en adolescentes (grupo de 15-19 años y más). La encuesta Bicentenario (UC/Adimark, 2006) muestra comportamientos similares que los observados en las Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud (tabla 2); destaca el aumento en la fecundidad deseada con la edad y la reducción con relación al mayor nivel socio-económico.
Tabla 2. Fecundidad deseada por sexo, edad y nivel socioeconómico.
Fuente: UC/Adimark, 2006. Encuesta Bicentenario.
Con relación específica al grupo de adolescentes (menores de 19 años) la tendencia es a una tasa específica de fecundidad constante en los últimos 20 años, con un incremento en el grupo de 15 años[6]; paralelamente se consolida la convivencia informal y, sobre todo la soltería de la maternidad adolescente: 55% se declara soltera en el Censo 2002 y 17% declara estar casada; durante 2003, 9.7% de los nacidos vivos eran hijos de madres casadas (INE-MINSAL, 2003). Se estima que hasta un 20% de la deserción escolar femenina es a causa de embarazo o maternidad: antes bien, la maternidad adolescente aparece en un contexto de deserción y/o fracaso escolar por rezago o rendimiento, mientras que trayectorias educativas normales elevan la probabilidad de permanecer o reinsertarse en la escuela (CASEN, 2003). La maternidad en los adolescentes está desigualmente distribuida por nivel socioeconómico y la brecha se mantiene estable: la maternidad en menores de 19 años en el tercil bajo alcanza a 37% en 2002 (con un suave descenso en la última década desde 40%), mientras que en el tercil medio es de 27% y en el alto de 13%, en ambos casos con leves incrementos en el período ínter censal. También la edad de iniciación sexual tiene el mismo sesgo. Según estimaciones de CONASIDA (2000) el nivel socio-económico medio y alto registran una mediana de iniciación de 19.4 años, mientas que en el bajo es de 17.9. La edad de iniciación sexual declarada por mujeres jóvenes entre 18-24 años fluctúa entre 15.6 años en aquellas con sólo educación básica y 21 años en las que cuentan con educación superior. La mediana del inicio de la actividad sexual en mujeres con educación superior se ha mantenido en las diversas cohortes de edad; se ha reducido en mujeres con educación media (de 20.5 en la cohorte de 45-69 años a 18.6 en la cohorte de 18.24 años); este descenso es mayor en aquellas mujeres con educación básica cuyo descenso va de 19.0a 15.6 años. En hombres, la edad de iniciación por cohortes no ha sufrido variación ni tampoco reporta diferencias por nivel educacional, siendo alrededor de 17 años. La Encuesta Mundial de Salud del Escolar (2004) realizada a estudiantes de 7° a 4° medio en 4 regiones del país, arrojó que entre un 7-12% de los hombres escolares declaran haber iniciado su actividad sexual antes de los 13 años, mientras que en las mujeres esto es del orden de 1.3 a 3.3%.
Existe escasa información en el país sobre el uso de anticonceptivos en este grupo, el número de embarazos que se inician y de abortos.
Sobre el primer aspecto sabemos, a través de la Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud (MINSAL, 2000) que el 48% de la población mayor de 15 años utiliza algún método de regulación de la fecundidad; sólo el 0.5% declara desconocer la existencia de métodos, 0.3% declara no tener dinero para su compra y el 3% no utiliza métodos por problemas de salud. Datos de CONASIDA (2000) muestran que alrededor de 25% de jóvenes entre 18 – 24 años adoptó alguna medida de precaución en su iniciación sexual. La Encuesta Mundial de Salud del Escolar (2004) muestra que el 70% de los escolares de 7° a 4° medio conoce medidas para la prevención de VIH; sin embargo en la primera relación sexual sólo el 9 – 7.5% de los hombres usó preservativo y el 4.6-2.1% de las mujeres. Un estudio nacional[7] muestra que si bien la mayoría de los adolescentes conocen cuales son y como se usan los diversos métodos de anticoncepción, no los utilizan. Del mismo modo, la cobertura nacional en el programa de regulación de la fecundidad en el sector público de salud, durante 2004, alcanzó al 40%; sin embargo en el grupo de adolescentes entre 15 y 19 años fue de 11%. Las estimaciones de CELADE(1995), plantean que alcanzaremos una tasa global de fecundidad cercana a 1.5 hijos por mujer para el 2010. Lo que reduce la posibilidad de contar con mujeres que reemplacen las capacidades reproductivas, pudiendo llevar a una tasa de crecimiento vegetativo cercano al 0 para 2020. (CELADE, 1995. Situación y tendencias sociodemográficas de América Latina y el Caribe)
¿Qué está ocurriendo en nuestra sociedad?
La modificación en la distribución de los nacidos vivos hace perentorio atender el desarrollo psico social, emocional y espiritual de las niñas y generar conciencia en los adultos dirigentes de la sociedad sobre la urgencia de plantear políticas que a la vez que estimulen la maternidad en los períodos de la vida en que existe menor riesgo biológico para la madre y el niño/a protejan la maternidad precoz por dos razones, por una parte, porque la reducción de la mortalidad materna se relaciona fuertemente con este aspecto, y por otra porque ello disminuye el riesgo para el desarrollo psico-emocional y espiritual de los niños y niñas pequeños que en sus primeros años consolidan sus posibilidades de un apego seguro. En el ámbito de relación varón – mujer existe también otro aspecto vulnerable que requiere atención por parte de la sociedad y de la Iglesia, porque muchas mujeres jóvenes asumen su realidad a la manera de los varones, es decir, renunciando a vivir nutridoramente sus relaciones afectivas. Postergando su deseo de formar una familia, renunciando a su ser madre por lograr un lugar para desarrollarse en el ámbito profesional o laboral aunque a menudo las remuneraciones, no son equitativas respecto del mismo trabajo si lo realiza el hombre. Se observa entonces conductas femeninas agresivas que gestan relaciones entre hombres y mujeres que les empobrecen y que posteriormente debilitan en sus vidas las relaciones de pareja y tornan conflictivo el matrimonio. Hoy muchas mujeres de todas las edades no tienen claridad acerca de cómo elaborar su proyecto personal de vida. Esto acarrea dificultad para integrar los diversos aspectos de su vida generando un empobrecimiento paulatino de su ser. Se vive una suerte de esquizofrenia que lleva al aumento de trastornos conductuales y emocionales que se suelen evadir mediante fármacos, farándula u otras superficialidades que están dañando también la vida familiar. También preocupa el hecho que no existen vacíos sólo en su auto comprensión sino también, desconocimiento acerca del ser del hombre. Ese hecho está generando dos tipos de respuesta masculina. Aumento de conductas agresivas para mantener su lugar en el mundo o de retirada y feminización de sus conductas lo que está repercutiendo en el primer caso en aumento de violencia intra familiar o en la segunda situación, en un empobrecimiento en el desarrollo relacional de los hijos. En el campo laboral, la mujer ha tenido que adaptarse a condiciones en las cuáles ha imperado una visión masculina como la competitividad, la alta especialización y el exitismo. Dejando de lado cualidades propias del ser femenino para adaptarse a este escenario y ganar un espacio de credibilidad. Lo anterior ha dejado severas consecuencias para las personas, la familia y la sociedad. El aumento de la participación de la mujer en el campo laboral, sólo se ha considerado, en términos de cantidad. Se ha olvidado en términos de condiciones de su incorporación en consecuencia que para muchas mujeres la decisión de trabajar obedece a una elección, no sólo de búsqueda de ingresos sino también de realización personal.[8] En este aspecto es urgente preparar a la mujer eclesialmente para trabajar con una mirada de servicio y ayudarles a integrar sus actividades en un proyecto personal que no desequilibre su vida interior, su proyecto familiar y su papel de esposa y madre. Se observan también otros cambios importantes en la vida de la mujer que trabaja fuera del hogar. Mayor responsabilidad en su trabajo sin disminuir las exigencias de esposa y madre. Mayor autonomía en lo económico y en las decisiones junto a dificultades para asumir esta mejor situación con criterios claros en la línea del ser. El apoyo requerido para ajustar ambas realidades, trabajo y familia, no necesariamente ha logrado un ajuste y a menudo se requiere más energía por parte de la mujer para mantener su ser en equilibrio personal. En este aspecto la mujer chilena requiere apoyo y se necesitaría en primer lugar gestar redes eclesiales y sociales para que sus hijos e hijas no queden desprotegidos y a merced de contextos educativos nocivos. También se requiere apoyar a las familias mediante un trabajo educativo orientado al hombre para que comprenda que la responsabilidad en la familia es compartida, no sólo en lo económico sino en las tareas cotidianas y en la educación de los hijos e hijas.
¿Qué se visualiza para nuestro futuro?
Urgencia de políticas públicas que favorezcan la vida familiar y la necesidad de modificar políticas actuales que han gestado un debilitamiento de la conciencia colectiva a favor del papel indispensable del padre y la madre por una suerte de farandulización de la cultura y sus desafíos.
Parece oportuno estimular a la mujer en una reflexión que se sustente paulatinamente en el significado de la vocación humana; los conceptos de persona y de “yo” y llevarlas a explicarse cómo se constituye en la persona su propio auto-concepto. La importancia de una imagen de sí positiva y actuante, que constituya las bases para vivir en libertad y le permita a la mujer conseguir un señorío frente a las opciones propias de su ser, que reconozca que el ser humano es inacabado y que vive en un continuo llamado a la auto realización logrando así incorporar nuevamente en su proyecto vital la familia y los hijos como parte importante de su proyecto personal y su realización junto al hombre. Dueña de sí la mujer puede detenerse en su vida, reflexionar sobre su origen, trayectoria y destino y empezar a descubrir posibilidades. Frente a estas posibilidades, puede tomar decisiones que disminuyen el sentimiento de angustia que muchas veces es raíz de múltiples acciones y conductas que por ser deshumanizadoras, aunque socialmente puedan ser aceptadas, solo le dejan vacío, frecuentemente hastío e inseguridad que no estimula la formación de nuevas familias y menos aún la generación de hijos e hijas. Otra idea que también parece oportuno profundizar, se refiere a la necesidad de alcanzar una mejor comprensión acerca de lo que significa para una persona tener un yo de naturaleza espiritual. Desde una vivencia personal una persona es un conjunto de realidades que están presididas por una conciencia que las integra. Cada persona tiene una constitución física propia, determinada genéticamente, pero también posee una estructura temperamental y una capacidad intelectiva que le permite tomar conciencia acerca de sí y reconocer en ella un ámbito interior que comanda todas sus opciones y realizaciones. Este centro de integración superior que, unifica todos los niveles de ese ser personal múltiple pero a la vez sencillo, genéricamente se ha llamado espíritu. Es este espíritu el que integra, unifica y comanda el ser de del hombre y la mujer y les hace diferente de todos los demás seres de la naturaleza. El espíritu humano desde diferentes perspectivas filosóficas ha tomado distintos nombres. Para unos es el alma, para otros es la inteligencia superior, pero para los cristianos es lo trascendente del ser humano. Espíritu que si bien desde la gestación anima el ser del hombre, crece y se vigoriza sólo en la medida en que se abre camino a ser capacidad integradora, es decir, “el espíritu unificado por el pensamiento superior que se manifiesta como un entendimiento mas consciente, mas sabio y amigo de sí mismo, está en mejor capacidad de vertebrar al ser humano”.[9] Filosóficamente lo anterior postula una antropología que supera los límites de la naturaleza corporal y la aceptación de una condición espiritual, con un status intelectivo superior a las partes que constituyen el ser del hombre. Por lo mismo el auto-conocimiento, la auto-aceptación y la auto-valoración, podrían circunscribirse en el contexto de la espiritualidad. Exigen entonces que cada mujer reconozca sus propios talentos, los valore y los ponga en acción, buscando de esta forma integrar su propia personalidad y engrandecer a otros realizándose a si misma en la entrega de su ser. Por otra parte, exige trabajar con ellas la necesidad de abrir espacios para vivir la quietud y la oración que le permitan reconocer lo que le pasa, tomando decisiones de cambio y buscando caminos para salir adelante cuando descubra sus propias carencias. La búsqueda del mejor modo de humanización, adquiere su más alta significación en la comunicación con la Divinidad. Solo en este proceso de interiorización el ser humano alcanza a integrar sus dimensiones de interioridad sin quedarse en la comodidad del subjetivismo y el individualismo propios de la sociedad y la cultura contemporánea, que llevan a la infelicidad. Por el contrario conocerse a si misma, permite a la mujer dar y recibir amor. Es necesario destacar que hoy existen aportes desde diversas vertientes del conocimiento que refuerzan la idea de que una mejor comprensión acerca del valor del auto-conocimiento es una vía de plenitud. Se señala al respecto que en el proceso interior referido a sí mismo, la persona puede percibir su propio ser, luego transformarlo, intuir para sí un sentido y llegar finalmente a valorarse. Es importante que la mujer y el hombre descubran que la percepción de sí mismos se logra tempranamente, en función de lo que otros le muestran acerca del sí mismo, con lo cual su conciencia comienza, muchas veces, a distanciarse de la verdad acerca de sí, para finalmente, llegar a generar un auto concepto y una auto imagen que a menudo no reflejan su realidad. Se genera entonces un “yo irreal” que no necesariamente es verdadero y este “yo irreal” comienza a crecer y se transforma en el centro que dirige todas sus vivencias. No se ocupa de buscar la verdad, el sentido y valoración de sus acciones y de su vida, porque al igual que se ha generado principalmente desde el exterior, recibe la orientación y las valoraciones del entorno cultural. Orientación y valoración que ha menudo desvalorizan todo lo relacionado con las funciones lejanas al logos de la cultura y que enseñan a vivir sólo en función de estos parámetros. Se atrofia la espiritualidad, disminuye el amor por la verdad y el entendimiento, con lo cual el acceso a la propia interioridad y la apertura hacia Dios se entorpece, y nos empobrecemos, paralizamos el proceso de humanización y terminamos por no comprender el misterio de nuestro ser con otros y para otros.[10]
Agosto 2007.
[1] Rodrigo MJ y Palacios, J (1998) Familia y desarrollo humano. Editorial Alianza. Madrid. [2] Santelices L (2005)La problemática de las creencias erróneas de los padres y madres en su tarea educativa: prescripciones para ayudarles a asumir su rol. Boletín de Investigación. Vol. 20 ,nº 2 pp29-40 [3] Dolto F(1988)El niño y la Familia. Editorial Paidos. Barcelona. [4] Las estimaciones de CELADE plantean que alcanzaremos una tasa global de fecundidad cercana a 1.5 hijos por mujer para el 2010. Lo que reduce la posibilidad de contar con mujeres que reemplacen las capacidades reproductivas, pudiendo llevar a una tasa de crecimiento vegetativo cercano al 0 para 2020. (CELADE, 1995. Situación y tendencias sociodemográficas de América Latina y el Caribe) [5] MINSAL (2000) Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud. En www.minsal.cl [6] Rodriguez J (2005) Reproducción en la adolescencia: el caso de Chile y sus implicaciones de política. Revista de la Cepal 85: 123-146. [7] Vigil P, Riquelme R, Rivandeneira R & Aranda W (2005) Teen Star: Una opción de madurez y libertad: Programa de educación integral de la sexualidad orientado a adolescentes. Rev. Med. Chile 133: 1173-1182. [8] CEPAL y CELADE (1995) Cambios en la familia y los roles de la mujer. Santiago Chile. [9] La espiritualidad en el adulto mayor. L Santelices, Documento de estudio. Programa del adulto mayor. V:R:A: P.Universidad Católica de Chile [10] ¿Puedo ser otro y feliz?. Mateo Andrés M. Soc. Educación Atenas, Madrid, 1992 |
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